Una nueva educación para un nuevo tiempo


Uno de los elementos actuales de la educación es precisamente el surgimiento de la innovación para parte integral de la misma. Pareciera que, a partir de las tradiciones pedagógicas existentes, se esté generando una necesidad de crear y desarrollar nuevas ideas y explorar nuevos caminos. Este importante aspecto no es otra cosa que el propio síntoma de nuestro tiempo: vemos el mundo y descubrimos nuestra responsabilidad de transformarlo. De igual manera, vemos la educación y sentimos interiormente que debemos dejar una huella particular que distinga este tiempo y esta etapa. Hoy los docentes están más conscientes de la importancia de crear y de intentar nuevas soluciones en sus salones.


No estamos desconectados de un sociedad y un mundo mucho más acostumbrado al cambio y la rápida información. Hoy llegan a nuestros saludos noticias, imágenes, ideas, posibilidades... que antes no se soñaban. Fruto de esa apertura y de la posibilidad de investigar, compartir soluciones y comunicarse con otros docentes de diferentes países, se abre la conciencia, se acrecienta la curiosidad y se toman iniciativas para implantarlas en los salones de clase.


Nuestros alumnos están aprendiendo una nueva forma de socializar, de acceder al conocimiento, de interactuar. Con todas su facetas positivas o negativas, este cambio radical en su visión del mundo, de su país y de sí mismos, representa un inquietante reto para la actualización de los contenidos curriculares y metodológicos, sin dejar de pasar por alto una mirada atenta a la formación de valores, de la conciencia ciudadana y de la espiritualidad cristiana.


Aunando fuerzas a este sentido de cambio, el descubrimiento y mayor conciencia sobre la diversidad de estilos de aprendizaje y la variabilidad de la inteligencia ha disparado las posibilidades creativas en los salones. En la medida en que avanzamos en la comprensión de estos elementos nos aventuramos a experimentar nuevas formas de educar más integrales y representativas. Los niños y jóvenes de nuestras aulas son sujetos cuyo éxito en la vida y el logro de sus metas están ligadas a las oportunidades que ofrecemos y creamos en cada aula para desarrollar su particular potencial.
Pareciera que el desarrollo educativo y su teorización, que vive un momento sin precedentes en la historia mundial, necesitase el complemento de una reflexión ética. De hecho, lo necesita y prueba de ello es la corriente cada vez más intensa y consciente de formación de valores en la escuela y de una visión solidaria y de inclusión en las prácticas de los centros. La raíz ética, de la cual el maestro es y deber ser promotor y modelo, debe ser un pilar en todo el acontecer de las escuelas.


Lo hermoso de este tiempo que nos toca vivir es nuestra cuota de creatividad, compromiso y cambio. Al entrarla, renovamos cada día el deseo de transformar a los niños y jóvenes, y a la sociedad en sí misma bajo la mirada de un humanismo cristiano y la aspiración del Reino. Con nuestro pequeño don, los docentes permeamos el alma con posibilidades de futuro y damos un nuevo aliento al cambio y a los sueños.